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Dodici.com (27/9/00) Ya había
pasado la medianoche del miércoles 27 de septiembre, cuando el
vuelo en el que viajaba Diego Armando Maradona, procedente de Cuba,
aterrizó en Ezeiza después de quince horas de vuelo. Decenas
de periodistas estaban en el lugar buscando una foto o una declaración.Realizó
los tramites de Migraciones y se retiró del lugar rodeado de
cinco guardaespaldas, plantel que ya es parte de la producción
de este nuevo regreso suyo.Maradona, como tantas
veces en su vida, estaba de vuelta en la Argentina. Su país.
Esta vez para presentar
su autobiografía "Yo soy el Diego" , realizada en colaboración
con Daniel Arcucci y Ernesto Cherquis Bialo.En
el Hotel Hilton de Puerto Madero su ultimaban los detalles para recibirlo.
Hasta un masajista estaba listo para descontracturar su cuerpo si él
lo creía conveniente.Su habitación
-una suite del octavo piso- es la más grande del edificio y tiene
una hermosa vista hacia el Río de la Plata. Al lado está
la de su amigo, Guilermo Cóppola.
El cuarto de Diego es enorme, con un living con amplios sillones negros
y una gran mesa. Sobre ella se había preparado, especialmente,
una gran bandeja con fiambres. Todo estaba previsto para su llegada.
Pero Diego siempre sorprende.
Inmediatamente después de haber aterrizado se comunicó
con el hotel y avisó que iría a cenar al barrio de Las
Cañitas, al restaurant El Estanciero: "Maestro, estoy de vuelta
en la Argentina me merezco un buen asado", dijo, sin vueltas. A
la una menos cuarto de la mañana, la ya desolada Las Cañitas
volvío a tomar vida. La presencia de Cóppola en la puerta
del restaurant indicaba que Diego llegaría en cualquier momento.
Los mozos de los negocios vecinos abandonaron su tarea. Todos querían
volver a ver a... El Diego.
De pronto todas las
miradas enfocaron hacia el mismo lugar. Diego caminaba lentamente, amacando
su cuerpo de un lado hacia otro. Se levantó el cuello de su sobretodo
de cuero negro, largo hasta las rodillas. Bajó timidamente su
cabeza y comenzó a saludar a la gente. Sabía que todos
esperaban por él. Entró al restaurant, se abrazó
efusivamente con cada uno de los mozos de lugar y se sentó en
la cabecera de la mesa. Desde allí, dirigió la batuta
durante toda la noche. Como hacía dentro de una cancha, Diego
también maneja lo tiempos fuera de ella.
Estaba felíz. Mostraba orgulloso su delgada figura. Nuevamente
su cuerpo volvía a soprender a todos.Después
de una rigurosa dieta luce delgado como en sus útlimos tiempos
de futbolista. "Dalma me dijo: Pá no te aguanto más con
esa panza y eso me mató. Me mató. Vieron lo que es esta
figura. Miren, miren", desafiaba, mientras se levantaba su remera verde.
Después de unos quince minutos de saludarse con todo el mundo
le susurró a Cóppola: "Tengo hambre Guille, que vayan
trayendo". Inmediatamente, Cóppola puso en marcha la cocina:
"¡Vamos, vamos que estuvimos arriba de un avión quince horas!".Diego,
mientras tanto no paraba de hablar. Le pasaron un teléfono con
una comunicación desde Cuba: "Estoy feliz, muy feliz. De vuelta
en mi país, que es lo más hermoso que hay".
Comenzaron a llegar las achuras pero Diego seguía
hablando. "¡No saben! ¡Hicimos escala en Panamá y en
San Pablo!. En Panamá el VIP era increíble, hasta camas
había. Nos tiramos un ratito y todo".
Y siguió, probando apenas bocado de la
colita de cuadril, de las papas fritas, de los morrones asados. "Esto
era lo que yo quería. Estar en mi país, con mi gente,
con mis amigos, venir acá a comer un asado. En Cuba estámos
más solos que Kung Fú. Todos los que van no aguantan ni
una semana. Extrañan a la mujer, a sus hijas. No pueden ni ir
al cine. Y nosotros con Guille hace ocho meses que estamos. Ocho meses.
Como no voy a estar felíz de estar sentado en esta mesa".
Diego seguía contando anécdotas.
Le pidió al mozo una gaseosa y preparó su trago preferido:
vino blanco Luiggi Bosca con Sprite. En la ventana del restaurant que
da a la calle muchos se paraban al verlo y lo saludaban. A la mesa ya
había llegado el asado. Diego se tomo un descanso: "Pasen algún
aviso ustedes", dijo, y se dipuso a saborear su plato. Antes había
pedido unas papas al natural, rociadas con aceite de oliva, para acompañar
la carne.
De pronto. encendió nuevamente... la radio
"¿Les conté lo del choque? ¡Máría! Que
julepe me pegué. Iba por un camino muy oscuro, casi no se veía
nada. De pronto veo que un puente estaba roto. Entonces agarré,
pegué la vuelta, y aceleré... De golpe parecía
que se me venía un ovni encima. Era una sola bola de luz. Pego
el volantazo y le doy de costado. Fue un golpe seco. Tremendo. Como
si me hubiera dado contra un edificio. Pensé que no contaba el
cuento. Estuve como una hora ahí entre todos los fierros retorcidos.
Los cubanos como simpre unos fenómenos. Se cortaba las manos
para tratar de ayudarme".
Aquel accidente tuvo otra consecuencia, más
agradable: "Lo del comandante... ¿Les conté lo del comandante?".
Nadie siquiera alcanzó a decir nada cuando Diego se largó
con su nueva anecdota: "Eran como las once de la mañana. Yo estaba
en mi habitación de arriba, meta escuchar música. De pronto
escucho que alguien me grita: '¡El comandante Diego, el comandante!'.
Yo no sabía que hacer. Siempre me pongo nervioso cuando lo veo.
Me mojaba y me secaba la cara. No sabía si tirarme en la cama
o bajar. Miré por la ventana y estaba lleno de autos y custodios.
Bajé la música, me volví a mojar la cara cuando
de golpe siento que entra en casa.
Me avalanzé por las escaleras y lo abrazé
con ganas. Me miró y me dijo: 'Oie chico, que como estás.
Que no comes nada tú'. Claro, la última vez que me había
visto yo estaba como una boya y ahora estoy más flaco que una
caña tacuara. Se quedó como una hora. Eso sí: no
te deja pasar un aviso. Habla todo el tiempo él y la verdad que
es un placer escucharlo. Es un enciclopedia viviente.
A cada rato venía el tipo que le maneja
la agenda y le decía: "Tenemos que ir a una cita comandante'.
Lo estaba esperando Rigoberta Menchú y el barba ni bola, ni bola
le daba. Se quería quedara conmigo. Se quería quedar conmigo...
Entonces me animé y le mostré una obra de arte que yo
había hecho. Me fuí hasta el baño y le traje la
tapa del inodoro con una foto de Clinton. 'Mire, comandante', le dije:
"¿Qué? ¿Ahora te dedicas a la pintura?", me dijo. 'Noooo.
Fijese bien, es una foto de Clinton'. La carcajada que se largó
se debe haber escuchado en toda la isla, hasta en Miami. 'Lo puse ahí
para que esté en su lugar, junto con la mierda", le contesté.
Habían llegado los postres, Diego pidió
uno de sus clásicos: fresco y batata. Entonces llegó el
tema de los juegos olímpicos y volvió a entusiasmarse
y a dejar una sentencia con su sello: "¿Viste lo de los chilenos
en el fútbol? No se puede creer. ¿Saben porque pasa eso?
Porque no saben ganar partidos. Nunca ganaron ninguna copa, nada...
Entonces no están acostumbrados a manejar este tipo de partidos.
Me da lástima por Zamorano, él se merecía la medalla
de oro. Ama su país y hace cualquier cosa por jugar en la selección.
Me gustaría que los jugadores argentinos hicieran lo mismo que
él. Los del Inter no lo dejaban ir a los Juegos Olímpicos
y él se reveló y fue igual. Así tenés que
defender la camiseta de tu país".
Y siguió: "Fenómenas, fenómenas
son las chicas del hockey. ¡No saben como gritábamos los
goles con Guillermo!, estoy un poco afónico por eso. Hace unos
días hablaba con Dalma y le decía: "Má ya entiendo
casi todas las reglas del hockey. Sé que no se puede levantar
la pelotita porque es peligroso y ésas cosas... Pensar que antes
lo único que sabía era llevarte el palo cuando vos ibas
a jugar... Lo que hicieron las chicas fue terrible. Cuando todos las
daban por perdidas pusieron todos los huevos del mundo y ahora van a
jugar por la medalla de oro. Se lo merecen porque la lucharon de atrás,
la pelearon contra todos, como me gusta a mí..."
Eran las 2 y 30 cuando Diego decidió ir
a dormir. Ya había disfrutado de la cena. Había vuelto
a estar con sus amigos. Había vuelto a sentir el cariño
de su gente. En definitiva había vuelto a ser él. Había
vuelto a ser El Diego.
Se acostó en su cama, en la suite del Hilton
y soñó. Soñó que estaba de vuelta en la
Argentina.
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